Esta historia es sobre dos personas que se odian, pero eventualmente se amarán.
En Argentina, 202X, las guerras arrasaron el país. Se convirtió en un nido de dudas, intrigas y el nacimiento de un amor fogoso.
—Señora vicepresidenta, no vamos a poder defender la posición por mucho tiempo. Solo es cuestión de tiempo para que Argentina caiga ante el poder de las fuerzas extranjeras —le respondió uno de los senadores.
—Ya sabemos que la situación se ve terrible, pero nosotros, como gobierno de emergencia, sabemos que somos la mejor opción para transitar estas desalentadoras circunstancias —vociferó uno de los ministros.
Sus palabras no permearon en la decisión del Congreso.
El presidente Pietro, quien había asumido tras la destitución del mandatario anterior cuando el país comenzó a perder territorio y el frente interno colapsó, decidió que había escuchado suficiente y optó por retirarse a su mansión en Posadas, la única región que aún se mantenía relativamente intacta tras los bombardeos.
Oficialmente, el poder residía en Pietro.
Pero todos sabían que, en la práctica, quien sostenía el frágil equilibrio del Estado era su vicepresidenta.
Y entonces apareció ella.
Quien iba a sacar al país de este desastre.
La conquistadora de batallas perdidas.
La liberadora.
Sovienne González, la estratega.
Para sus aliados más íntimos: la rusa.
No llegó al poder de un día para otro. Su ascenso comenzó meses antes, cuando organizó la resistencia civil en las provincias del sur, coordinó a los restos del ejército y logró que milicias enfrentadas dejaran de dispararse entre sí. Fue ella quien transmitió el mensaje que cambiaría el curso de la guerra:
“Si seguimos luchando entre nosotros, no quedará país que salvar.”
La transmisión clandestina se replicó en radios piratas, redes interceptadas y pantallas hackeadas. Días después, varias guarniciones juraron lealtad a su mando.
Cuando entró en la Cámara llamó a levantarse contra el régimen y logró que el denominado Gobierno Liberador tomara el control efectivo de la capital. No fue una victoria total, pero junto a sus compatriotas recuperó parte del territorio y algo todavía más valioso: la moral.
Los historiadores no se ponían de acuerdo en cuándo empezó realmente la caída. Algunos decían que fue el día en que se firmó el tratado de defensa continental. Otros, cuando el alto mando ignoró los informes de inteligencia. Pero el pueblo tenía otra fecha. La llamaban simplemente El Día del Sur.
Fue la mañana en que el ejército argentino avanzó confiado hacia la frontera austral convencido de que el enemigo retrocedía. Durante semanas les habían dicho que la victoria estaba asegurada. Era mentira.
Lo que encontraron no fue retirada. Fue silencio. Y después… fuego.
Las fuerzas extranjeras habían preparado una trampa estratégica perfecta. Cortaron comunicaciones, bloquearon suministros y rodearon a tres divisiones completas antes de que el comando central entendiera lo que ocurría. La derrota no fue solo militar. Fue psicológica.
Los sobrevivientes regresaron con la mirada vacía. Las familias empezaron a preguntar. Los periodistas filtraron documentos. Y alguien pronunció la palabra que nadie quería oír: traición.
En menos de dos semanas el gobierno se derrumbó.
El país no cayó ese día. Pero empezó a quebrarse. Y en las grietas nació Sovienne.
—Y por eso la Liberadora es buena, niños —dijo la madre Aralina antes de cerrar el pequeño libro que posaba en su regazo.
La mujer recorría hospitales animando a los niños a tener esperanza y pensar en el futuro.
—Pero en Europa la tachan de déspota —dijo un joven—. Eso dice una parlamentaria en sus comunicados.
—Eso pasa porque quiere hacerse un nombre en la política —respondió otro—. No vive nuestras circunstancias. Ella vive en estabilidad, mientras a nosotros nos bombardean.
—Es suficiente —intervino la cuidadora—. El pensamiento crítico es importante, pero la división puede causar nuestra perdición. “Manténganse unidos”, eso promulgan nuestros gobernantes.
Desde la revuelta, la gente estaba frágil. Y cada día más irascible.
—¿Señorita? —preguntó un niño—. ¿Es la señora Sovienne quien nos gobierna?
La cuidadora dudó.
—Bueno… sí… en parte…
—Señora Sovienne, sus ideas son radicales, pero creo que, después de casi tres meses de trabajo, podríamos llegar a una unión como la que propone.
—Excelente. La Unión Retributiva Liberal hará que podamos avanzar como país, estabilizar la economía y hacernos fuertes de nuevo.
—El presidente no está de acuerdo, y lo sabe.
—Carlos, vos sabés que no interesa. Yo seré quien haga Argentina grande de nuevo, y si tengo que convivir con ellos, lo haré para salvar el país.
—Lo sé, señora. Y sé que lo hará. Pero nuestro mayor problema no son nuestros compatriotas.
Silencio.
—Es ella.
Una fotografía cayó sobre la mesa.
Una mujer que Sovienne conocía bien.
Una mujer croato-argentina.
Una mujer que compartía pasado… y ambición.
—Cómprale al polaco pasajes para ir a Europa. Saldremos a una reunión de negocios.
El avión no llevaba insignias. Ni bandera. Ni matrícula. Solo el sonido grave de los motores atravesando la noche.
Sovienne miraba su reflejo en la ventana.
—Europa sigue creyendo que sos una tirana —dijo Carlos.
—Europa siempre cree algo.
Carlos deslizó un dossier.
—No es Europa. Es ella.
—¿Confirmado?
—Confirmado.
—¿Nombre actual?
—Elena Vuković.
Los ojos de Sovienne cambiaron apenas. Una grieta invisible.
Antes de la guerra había una biblioteca y dos estudiantes que discutían como si el mundo dependiera de eso.
—Los Estados no se sostienen con ideales —decía Sovienne.
—Los Estados solo se sostienen con ideales —respondía Elena.
—La fuerza mantiene el orden.
—La legitimidad mantiene la fuerza.
Nunca coincidían. Nunca cedían. Nunca se olvidaban.
El avión aterrizó.
—Recordame por qué vamos a hablar con la única persona que bloqueó tres tratados internacionales tuyos —dijo Carlos.
—Porque es la única que puede bloquearme un cuarto.
Cuando Sovienne entró al palacio europeo, los diplomáticos callaron. No por protocolo. Por instinto.
—Delegación argentina —anunció un guardia.
Silencio.
Entonces una voz habló desde el fondo.
—Llegás tarde, Sovienne.
Ella giró.
Y la vio.
Elena Vuković, de negro, sin insignias, sin sonrisa.
—Elena —dijo Sovienne.
No era un saludo. Era una constatación.
—Te convertiste en vicepresidenta —dijo Elena cuando quedaron solas.
—Te convertiste en obstáculo.
—Alguien tiene que serlo.
—Siempre te gustó llevar la contra.
—Siempre te gustó tener razón.
No discutían. Combatían.
—Estás bloqueando ayuda humanitaria —dijo Sovienne.
—Estoy bloqueando armamento disfrazado de ayuda.
—Mi país se está muriendo.
—Tu país se está militarizando.
—Porque lo atacan.
—Porque vos los provocás.
Silencio.
Sovienne apoyó las manos sobre la mesa.
—Decime cuánto querés.
—Yo no tengo precio.
—Todos tienen uno.
Elena sonrió.
—Seguís usando la misma estrategia que en la universidad.
—Y vos seguís creyendo que el mundo es justo.
—No. Yo solo creo que vos no deberías tener tanto poder.
—Retirá los bloqueos.
—No.
—No es una petición.
—No es una negociación.
—Podría hacerlo sin tu permiso.
—Pero viniste igual.
Otra grieta.
Elena dio un paso.
—Sabés por qué viniste.
No era pregunta.
—Porque todavía querés convencerme.
Sovienne no respondió.
Porque era verdad.
Elena susurró:
—El problema, Sovienne… no es que seas peligrosa.
Silencio.
—El problema es que todavía querés salvar algo.
Sus ojos se encontraron.
Y por primera vez desde que entró en la sala…
la estratega no tenía respuesta.