¿Crees que una mayoría puede imponer la verdad al resto de la sociedad? ¿Que una mentira, por el simple hecho de repetirse mil veces, se transmuta en realidad? ¿Acaso piensas que, si todos opinan lo mismo, aquel que disiente está necesariamente equivocado? ¿Realmente crees que la democracia funciona?
Si sostienes que la mayoría no tiene derecho a aplastar la voluntad de las minorías; si entiendes que una mentira, aunque se replique millones de veces, jamás dejará de ser falsa; y si defiendes que las voces disonantes no deben ser juzgadas por su escasez, entonces te aseguro algo: tú no apoyas la democracia.
Y está bien. Tienes la libertad de no hacerlo, especialmente cuando esa democracia se convierte en un mecanismo que castiga el pensamiento divergente, que te señala si tu discurso no es "políticamente correcto" y que te prohíbe cuestionar a ciertos personajes, mientras te obliga a venerar a otros igual de oscuros.
Atravesamos una crisis de "ismos". Ya casi nadie cree en un dios todopoderoso, la confianza en la ciencia se ha erosionado y las instituciones —supuestas guardianas de nuestra seguridad y progreso— han revelado que sus intereses propios pesan más que el bienestar común.
¿Por qué confiar en falsos profetas —sean políticos, periodistas o celebridades— cuando el único que habita tu realidad eres tú mismo? La demagogia barata es el refugio de quienes no tienen nada que perder; pero si posees decencia y principios, jamás te rebajarás a decir simplemente lo que el mundo quiere escuchar.
Dios ha muerto. ¿En quién vas a creer ahora?
Yo he decidido creer en mí. He reemplazado a ese dios muerto para ser mi propio pastor. La pregunta es: ¿seguirás tú a un pastor que solo te ve como mercancía y que, cuando dejes de serle útil, no dudará en venderte o degollarte para alimentarse?